Punto de inflexión.
Francisco Martínez Alas
(Julio 31 Viernes 2026.)
Tengo sesenta y cinco años. Había trabajado en una universidad —se supone que de las mejores— durante diez y siete años. Al principio me contrataban solo la mitad del año, y poco tiempo después, de manera continua, los tres ciclos del año académico. Aunque en los últimos años me quitaron uno de los tres ciclos. Durante esos diez y siete años impartí muchas materias, en distintos ciclos, con distinta frecuencia: comunicaciones de mercadeo, técnicas de escritura y expresión, cine, lógica formal e informal, diagnósticos de la comunicación, administración para comunicadores, historia contemporánea, historia de la región, antropología filosófica, relaciones públicas, historia del arte moderno y contemporáneo, medios de comunicación social, ética y comunicación social, estética y comunicación, ética jurídica, ética para ingeniería, ética profesional, y talvez alguna otra.
Pero, sin aviso previo, sin explicación alguna, sin presentar una evidencia en mi contra y darme la oportunidad de replicar, este año me despidieron, a escondidas, en silencio, o más exactamente, dejaron de contratarme (que viene a ser lo mismo). Ya antes, en medio de la pandemia, por una nimiedad, me hicieron lo mismo y de la misma manera en otro deparmento de la misma universidad.
Por suerte tengo respaldo, porque también me dedido a otra cosa, y recibiré una pensión por vejez. Además, antes de convertirme en docente, trabajé de dibujante de planos técnicos, gestor bibliotecario, documentalista, asistente de investigación, consultor en diagnósticos sociales y organizacionales, diseñador de procesos, negociador, investigador cualitativo, gestor de conocimiento e información, capacitador, y otras cosas relacionadas siempre con la información, la documentación y el conocimiento. En particular, como especialista en información fui documentalista, catalogador y clasificador; desarrollador de colecciones; buscador de información, datos y documentos; compilador y estructurador de ideas y conceptos, analista y sintetizador de información y datos; y no siempre con ayuda de internet, sino por medio de libros, archivos, revistas, diarios, o entrevistas… todo lo que la famosa inteligencia artificial hace hoy en día.
Como docente, mejoré significativamente la estructura y contenidos de los programas (casi siempre deficientes o mal enfocados) de las materias que me asignaron; cada lección que elaboré era bien documentada y estructurada usando diversas fuentes; en las actividades de aprendizaje procuré que los estudiantes aplicaran la teoría, los métodos, los conceptos, en trabajos prácticos y estudios de caso. A menudo me tocó lidiar con carencias institucionales, tales como aulas inadecuadas para los cursos, falta de equipos o falla repentina de los mismos, mala gestión en la inscripción de alumnos, una paga miserable (tres dólares la hora), y un sistema de evualuación docente absurdo e inútil. Y aunque muchos le quieren achacar todas las deficiencias de la educación a los docentes, quiero enumerar algunas de las fallas que dependen de los estudiantes: no asisten a clase regularmente (y la universidad no les exige un mínimo de asistencia), en el aula pasan mirando y usando su celular (y la universidad no regula tal hábito), en los trabajos en grupo se reparten las secciones pero ni se enteran de lo que hacen los demás, si se les proyectan láminas en el aula dicen que uno solo las lee (aunque no sea así) y si no se proyectan láminas también se quejan, si se les distribuyen lecturas o videos no las leen ni los miran a menos que se les vaya a examinar sobre eso, si se hacen preguntas en el aula los mismos pocos son los que contestan, creen que el docente ha sido contratado para divertirlos, casi nunca entienden las instrucciones (y se quejan de que son muy escuetas o muy complejas), muchos solo copian y pegan de internet (y ahora de la IA), casi no usan la biblioteca porque creen que todo está en internet (y no es así), y sin duda hay más falencias y carencias en el estudiantado. Pero no todo es malo en ellos, también hay muchas cosas buenas, pero no las quiero enumerar aquí.
En cierta forma, al excluirme de manera solapada e hipócrita me hicieron un favor, porque desperdiciaba mi experiencia, mis conocimientos, y mi vida y tiempo yendo a dar clases en esa universidad, por una paga injusta, y sin ser valorado por los estudiantes ni tampoco por los jefes. Porque a pesar de todo lo que he mencionado aquí, esas dos personas no me consideraron digno de continuar impartiendo cursos en esa universidad.
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